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Pareja paseando en Varsovia

Las experiencias vividas con anteriores parejas hacen que estemos hoy en una permanente alerta. El sistema de alarma está activado y salta ante el menor estímulo, real o imaginario. Esto hace que gran parte del tiempo no estemos mostrándonos tal y como somos, tal y como sentimos. Existe un cierto recelo que te aleja del presente, del momento y a la vez, también lo condiciona. Algo no fluye. Esta situación tiene un tiempo que decidirá hacia dónde nos lleva.

Si el miedo, las dudas, la inseguridad nos frenan, nos bloquean, jamás podremos vivir la experiencia que nos toca, aquella que tenemos que aprender en ese preciso instante.

El miedo a la entrega, la desconfianza, el temor al sufrimiento, el sentimiento de pérdida, de rechazo, de abandono, la vulnerabilidad y la autoestima dañada están activados y hacen que estemos a la defensiva.

Todo lo que percibimos provoca una reacción emocional, y ahí se mezclan sentimientos y conocimiento (pensamientos, juicios, prejuicios, sistema de creencias, valores,..). No hay buenas o malas emociones. La envidia, el odio, la tristeza, todo proviene de nuestra integridad, del ser completo que somos (luz y sombra). Nos dan un toque de atención para trabajar sobre ellas, para tomar conciencia de dónde estamos y cómo están afectando a nuestra vida, a nuestro bienestar físico, mental, emocional y espiritual. Estas emociones “negativas”, pero necesarias, también forman parte de nosotros, son nuestra sombra, a las que debemos dar luz, para así pasar de la tristeza a la alegría; del enfado al perdón…, comprendiendo, transmutando, transformando. No apreciaríamos tanto la alegría si no existiera su sombra, la tristeza. Todo proviene de nuestra integridad, ambas son caras de la misma moneda, y por ambas debemos transitar. Ambas han de ser reconocidas en su justa medida, hasta encontrar un estado de equilibrio, de armonía.

Llegamos a paralizarnos cuando se nos presenta una nueva relación. Dudamos de nuestra capacidad de ser fuertes. Las heridas emocionales, los recuerdos dolorosos cierran el mecanismo de apertura hacia lo nuevo y bueno que nos puede deparar el encuentro. Los miedos, temores, hacen que permanentemente estemos comparando, protegiéndonos, y entonces nos perdemos la oportunidad de comprobar que podemos construir una relación afectiva amorosa diferente, sin controlar, sin competir, sin manipular, respetando las fronteras que nos unen y a la vez nos separan; descubriendo que nadie ni nada te puede hacer feliz, y por lo tanto, tampoco te puede hacer infeliz, porque tu felicidad solo depende de ti, sólo tú eres responsable de tu propia felicidad.

El respeto, la sinceridad, la mutua admiración, la confianza, la claridad en la comunicación, la generosidad, la libertad son los cimientos básicos sobre los que se debe sustentar una relación basada en el amor. Mostrar tu integridad, tu propia identidad, dejando las corazas y las “más-caras”, para poder saborear, tragar y digerir con conciencia este proceso de mutuo aprendizaje. Comprender al otro, reconocerle y aceptarle tal y como es, sin querer cambiarle. “Com-partir”: dar al otro lo que tienes, parte de lo que eres, siendo compañeros de juego, de vida, formando equipo. Aportar: sumar, añadir amor y respeto mutuo. Co-crear sueños, anhelos. Disfrutar y divertirse juntos.

Cuando nos sentimos bien con nosotros mismos porque disfrutamos con todo lo que hacemos. Cuando hemos aprendido a disfrutar de la soledad porque ya no nos sentimos solos, sino en compañía del ser que mejor nos conoce, nos ama y nos valora, que es uno mismo. Cuando no necesitamos al otro.

Cuando nos amamos a nosotros mismos de una manera sana, equilibrada estamos preparados para amar a los demás.

Propongo borrar los fantasmas del pasado, las reglas establecidas, no generar expectativas de futuro, condiciones y obligaciones. Empezar de cero, desde el Nosotros, siendo un Yo soy Tú.